El atardecer jamás pierde su belleza

‘Año nuevo, vida nueva’, así reza el dicho popular con el que mucha gente abre el año. Pero, ¿realmente nos beneficia pensar así? Está claro que 2017 nos va a traer grandes alegrías y momentos mágicos, de hecho, desde el Café del Mar contamos los días para poder volver a reunirnos con vosotros frente al Sol. Sin embargo, lo más correcto para una vida sana sería corregir ese dicho por este otro: ‘En este año nuevo, tu vida continúa’.

Y continúa con tus aciertos, virtudes y triunfos pero sobre todo con tus errores, porque como popularmente se dice: a veces se gana y a veces se aprende. Si tropiezas con la misma piedra es que esa piedra está en tu camino para enseñarte una lección, para que te superes y acabes siendo más completo que en 2016. A nosotros nos encanta que este 2017 esté lleno de piedras, nos gustan los retos. Apostamos por la superación aunque, (y lo digo henchido de orgullo) es fácil superarse trabajando cada día frente a este espectacular paisaje de mar y tierra en San Antoni de Portmany.

Hace algún tiempo, entró con nosotros a trabajar una persona que había recorrido miles de kilómetros para dedicarle tiempo al Café del Mar. Al principio no entendimos por qué lo hacía, dejó una vida confortable en su lejano país para venir a Ibiza a trabajar en nuestro rincón preferido.

Tampoco entendimos por qué lo integraron como parte de la plantilla. Era un auténtico desastre sirviendo copas, se equivocaba constantemente, se le caían los platos, tropezaba, era un despropósito. Como su supervisor decidí darle un tiempo de adaptación pero la cosa no mejoraba, incluso a modo de broma, sus compañeros colgaron un post-it en la cocina donde contaban los platos que había roto. Entre platos y copas llevaba más de 60 el día en que pasó lo inevitable: le tiró por encima un gintonic a uno de nuestros mejores clientes. No me quedó más remedio que tomar cartas sobre el asunto.

Le dije que se tomara el resto de la tarde libre y que se fuera a ver el atardecer. Era el típico día en que las nubes y el sol se funden en el horizonte… así que le di margen, le dije: ‘disfruta de este atardecer y luego ven a verme’. Lo observaba ahí parado con una sonrisa dibujada en su boca mientras veía el Sol ponerse. No acababa de comprender si aquel hombre entendía la gravedad de la situación.

No tardó más de cinco minutos en acercarse a mi desde que el Sol despidió aquel día. Hablamos. Le dije que su rendimiento no era el esperado y que nos planteábamos prescindir de sus servicios. Él seguía sonriendo. Algo irritado le dije que qué era lo que le hacía tanta gracia, estaba demasiado metido en mi papel de hombre de negocios para que su pregunta no me pillara por sorpresa: ‘¿Sabes por qué estoy aquí?’.

Me contó que vive en una isla en Oriente Próximo en uno de esos países que cambia tanto de nombre como de jefe de estado. Según decía pertenecía a una casta familiar tan adinerada que podría vivir sin trabajar durante cinco vidas. Pero allí, en su hogar, era todo tan confortable, tan cómodo, tan idílico que ya no valoraban nada de lo que tenían a su alrededor. Entonces abrió la cartera y me enseñó una foto de los atardeceres de aquel lugar remoto donde apenas llegaban turistas; me quedé atónito con la belleza del paisaje. ‘Quiero aprender a disfrutar como vosotros de algo tan especial. Por más platos que rompa, vuestro atardecer jamás perderá su belleza’.

Como camarero era malísimo pero tenía una actitud ejemplar. Le di una nueva oportunidad. Pero le advertí que a la siguiente copa rota no me quedaría más remedio que prescindir de sus servicios. Aún sonriendo me dio la mano, las gracias y se fue por dónde había venido.

Pasaron semanas y él parecía haberle cogido el tranquillo a sus competencias como camarero, aún se equivocaba con algunos pedidos pero era fruto de la intensidad del día a día. Todo iba sobre ruedas. Aquel asunto estaba resuelto o eso creí. Una tarde de finales de agosto estaba charlando amablemente con unos clientes cuando oí a mis espaldas tres copas romperse. Se me torció el gesto cuando mentalmente repasé que aquellas mesas eran de las que se ocupaba nuestro gran camarero.

Me giré y lo vi recogiendo los restos de cristales en el suelo. Me acerqué y me agaché para ayudarle a recoger los restos de las copas preparándome para decirle lo inevitable. Él seguía sonriendo cuando alguien me posó la mano en su espalda. Me giré y vi a un joven que se había incorporado a la plantilla hacía dos días. ‘He sido yo’ me dijo señalándole y añadiendo ‘él solo me está ayudando a aprender a disfrutar de algo tan especial’. Miré al camarero y mis labios dibujaron una sonrisa gemela a la suya.

Nada puede empañar algo tan bonito como la vida, por más copas que rompas, por más platos que tires, nunca serán suficientes para eclipsar la belleza del Sol. Que un plato roto jamás te borre la sonrisa y que un vaso roto no te impida levantarte de nuevo para volver a notar el Sol calentando tus mejillas.

 

 

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