Aprender de los niños

Muchas de las personas que llegan al Café del Mar para disfrutar del atardecer no miden más de metro y veinte centímetros. Pequeñas personas a las que muchas veces no prestamos el suficiente caso y de las que tenemos, podemos y debemos, aprender grandes cosas. Hablo como no, de los niños.

Son muchos los ‘peques’ que se acercan con sus padres al Café del Mar para contemplar el Sol caer y la verdad que he aprendido muchas cosas viendo como se comportan y se desenvuelven en un lugar que, a priori, está pensado ‘para los mayores’.

Recuerdo una tarde en la que me tocó servir a una encantadora pareja inglesa que iba acompañada de su pequeño Colin, una dicharachero niño de 5 años con un desparpajo que solo era superado por su curiosidad. Una curiosidad que alimentaba tan solo con tres letras: W-H-Y. A todo lo que pasaba a su alrededor le buscaba el porqué y les preguntaba a sus padres por la respuesta. Porqué la gente escucha música, porqué la gente bebe, porqué cada tarde se cae el SolColin era una fuente interminable de porqués. Sus padres, vacíos de paciencia, a la décima pregunta del niño, le replicaban con cuatro letras: STOP!

Cuando pasaba eso, Colin fruncía el ceño y ponía morros sin disimular su enfado. Lo miraba y me preguntaba qué se le pasaría por la cabeza. Seguramente creería que sus padres son unos aburridos, que les daba igual todo y que se le quitaban las ganas de hacerse mayor porque a sus ojos, cuando sumas muchos años, te dejan de importar saber por qué pasaban las cosas, cosas tan importantes como saber por qué el Sol nos da las buenas noches cada día.

Tampoco me olvido de Víctor, un pequeño de 8 años que nos visitó junto a su familia y que estaba muy ilusionado por jugar en la orilla mientras sus padres disfrutaban de la puesta de Sol. El chico no paraba de reír, se lo estaba pasando en grande hasta que tuvo la mala fortuna de tropezar y hacerse un esguince en la muñeca. Llantos y más llantos desesperados arruinaron la tarde a aquella familia. Se lo llevaron a urgencias y creía que jamás los volvería a ver… pero sorprendentemente, al día siguiente volvieron a visitarnos. Víctor llevaba el brazo en cabestrillo y lucía una sonrisa de oreja a oreja. Cuando le pregunté a los padres si el brazo le dolía, me dijeron: ‘bah, ya ni se acuerda. Para él, cada día es una nueva aventura’.

Ellos siguieron a lo suyo y a mi se me quedó esa frase gravada en la cabeza. Empezar cada día como si fuera una nueva aventura. Olvidar lo malo que pasó el día anterior e iniciar un nuevo día como un reto, una experiencia única.

Sin duda, Colin y Víctor sin saberlo me enseñaron dos lecciones muy valiosas. No perder jamás la curiosidad de saber más y vivir cada día como si fuera un momento irrepetible. Tenemos mucho que aprender de los niños, al final, en su inocencia y en su manera de ver la vida se esconde la verdadera felicidad.

 

2 thoughts on “Aprender de los niños”

  1. Hola!! Estamos pensando en ir a Ibiza para semana santa con nuestro hijo (11 años). Nos podríais ayudar a decidir donde hospedarnos, por favor? Las opciones son: a 5 minutos de Pacha o en la Bahia de San Antonio (a una media hora de vosotros).

    No sabemos que estará mejor (más ambiente) a la hora de salir un rato por las tardes (si habrá más vida en Ibiza o en la Bahia de San Antonio). Es muy probable que vayamos todas las tardes a Café del Mar pero no queremos estar viviendo en una zona sin ambiente si nos hospedamos en la Bahia de San Antonio.

    Help, please!!

    1. Hola Jeremy y María José, cualquiera de las dos opciones son buenas. En San Antonio hay un público más internacional. Al estar en la parte oeste de la isla, tenéis a mano gran cantidad playas preciosas y como no, los atardeceres de Café del Mar. En Ibiza centro también tenéis muy buen ambiente, la zona de Dalt Vila es muy bonita. Ibiza en sí es preciosa y está todo relativamente cerca, así que vayáis donde vayáis acertaréis.

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