café del mar ibiza

Vivir como los árboles

En Café del Mar hemos pasado muchas etapas, algunas han sido inolvidables, otras mejorables, ha habido grandes momentos, momentos tristes… pero así es la vida, ir concatenando etapas e ir afrontando retos. En Café del Mar, aunque vivamos en el paraíso de Ibiza, nos enfrentamos, como cualquier grupo de personas, a situaciones complicadas y, con el tiempo, se aprende a capear los temporales de la mejor forma posible.

Hace años, uno de nuestro clientes asiduos a nuestra terraza, nos dio una lección impagable de la que hemos podido aprender muchísimo. Una lección que siempre recordamos cuando se acerca la tormenta. Le llamaremos Franz porque es importante guardar el anonimato. Era un hombre adinerado y con cierto poder pero muchas veces, por motivos que ni nosotros mismos podemos controlar, la vida nos arrebata lo que más queremos. Estaba sentado en nuestra terraza cuando le llegaron las malas noticias. Fue por vía telefónica. Su empresa, su sueño, su lucha, se vio truncada por problemas que jamás supimos y de la noche a la mañana se vio obligado a declararse en bancarrota. Lo había perdido todo. Estaba destrozado. Llevaba décadas trabajando por crecer día a día y levantar un pequeño imperio construido con sus sueños.

Nos dio mucha pena que dejara de visitarnos. Amén de sus generosas propinas, sobre todo echábamos de menos su compañía. Era un hombre noble, de valores, de los que aprendías simplemente oyéndole hablar. No volvimos a verle hasta agosto del año siguiente. Se presentó una tarde por sorpresa y vino a saludarme personalmente al office. Nos abrazamos. Vi que tenía buen aspecto y supuse que se había reencontrado con su negocio y había conseguido sacarlo a flote. Así que le pregunté. Rió. Fue una larga carcajada, una de aquellas risas que solo aparecen cuando mezclas tiempos superados con melancolía. Me dijo que se había jubilado. Que aquel barco empresarial naufragó y que de poco servía zambullirse a recoger los restos del pecio. Me dijo que el año pasado solamente había decidido una cosa: vivir como los árboles. Mi cara debió ser un poema porque volvió a soltar otra sonora risotada. Puntualizó: los arboles cuando han pasado un año malo, se desprenden de sus hojas, echan nuevas y vuelven a empezar. Y eso precisamente hizo Franz. Volver a empezar, olvidando todo lo que dejó atrás, no tanto porque no lo quisiera, sino porque ya no lo necesitaba.

Sin duda fue otra de las valiosas lecciones que me han enseñado los visitantes del Café del Mar. Cuando nada se pueda hacer, cuando lleguen los problemas, desprendámonos de ellos lo antes posible y volvamos a empezar porque nadie nos va a quitar el derecho de vivir.

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